El mono del tensor
A los asépticos y escrupulosos, a los fugitivos de la suciedad y los protegidos por algodones: todo es más vivo desde la incertidumbre.
Tengo la costumbre de llegar tarde al sol cuando más titila sobre las aguas del Ganges. Pocos saben que la estrella y el río, además de eternos amantes, son cómplices por abuso de poder con las humildes conciencias. Baste sólo esa melodía de luz para que los dioses acierten en la fórmula, esa que olvida el goteo del reloj y rechaza el calendario por ridículo fetiche.
Aquí en el ashram, hago vida con respetables seres de la meditación y familias locales unidas por el compromiso de vivir en armonía. Dicho sea de golpe, aspirantes al nirvana y siervos de las religiones mientras se termina de encontrar un acuerdo fuera de los muros.
Desde la cama, todavía con ojos legañosos, intuyo el misterio
del Maestro al ensayar su salmo a la par que vocean recados a niños ociosos libres de escuela. Pues es tradición que los devotos de sabe dios y algunos viajeros de paso por el ashram madruguen al ritual de la puja mucho antes, estando
yo en el séptimo sueño. A este revoltijo de rezos se suman los tempraneros turistas con la óptica del “estuve aquí”, incapaces
de perderse lo novedoso del contraste.
Pero lo mejor del desperezo son las guerrillas entre monos cuando gruñen como hombres sin verbo, de árbol en árbol, apagando a su paso el son de aves que salpican confeti desde las copas. ¡Mirad ese mirlo guiñándome un ojo! Tendrá razón la niña del ayurveda al jurar que los pájaros son espías enviados
por los dioses a riesgo de ser descubiertos por librar su encargo divino. El mirlo, incapaz de rematar su faena, comenta algún chisme en su idioma y se despide con un gracioso
vuelo a cámara lenta.
Vestido de lino en el sofocante calor de las calles me llegan
imágenes de la velada anterior. Sólo el humo del shilum es capaz de barnizar la realidad con las explosivas mezclas que prepara Muktab, el joven ayudante de taller. Mal ejemplo seguir al muchacho en sus ingestas, que con elegante malicia,
prueban el valor de viajeros faltos de costumbre en el libre albedrío de la química. Muchos afectados acaban por pedir auxilio al médico ayurveda, molesto en interrumpir su merecido descanso a causa de esos “hippies de pegatina”. Así llama el médico a los extranjeros que caen sin moderación en la trampa de los psicotrópicos. Con dólares a reventar los hay de toda especie, ejemplos de yupis hartos de sentirse dueños del mundo o yonquis desarraigados que tras un timo menudo deciden huir a tierras extensas. En el mismo saco caben los moldeables incautos que se dejan arrastrar por la desidia o aquellos otros inadaptados que bajan la guardia de su prematura
lucidez.
Pero nada de eso te interesa, ¿verdad, Gabi?
Sabes de sobra que cuando salgo a las calles voy directo a por una dosis de caos indio, ésa es mi droga particular.
Pues que pases un buen día...
De camino a las fragancias respiro el ambiente bullicioso de los porteadores y sigo las partidas de ajedrez que los viejos jubilados de Rhishikesh organizan en la plaza de acuerdo espontáneo. Ahora presumo de los placeres llanos donde atiendo pronto las urgencias del cuerpo, recargo los pulmones
con bocanadas extra, y mientras tanto miro a las águilas desaparecer tras el algodón de la pradera azul. Este mismo combate, el de la libertad celestial, me empuja suavemente hasta un puesto de dulces donde una sonrisa prepara un lhasi de pistacho y una tranquila charla sin dirección. Toda receta es posible en estas calles sin juicios, dice un jubilado contento por ganar dos veces seguidas al niño autista, según cuentan invicto en memorias y cálculos.
Por detalles así, el buen ánimo brota de esta tierra respondiendo
con el simple respirar, donde la rutina se porta como un niño descubriendo el mundo... su mundo.
¡Qué bien te siento, Gabi! Menuda diferencia con aquel veinteañero que llegaba de las españas cual marcopolo siguiendo la moda espiritual. India sólo es un escaparate y así lo has entendido, aunque hay otras causas mayores que pintar monigotes en los muros.
Continuaré paseando, antes de que empiezes con tus sermones.
Así se haga, así se cumpla.
Por los extremos de la plaza voy bebiendo de un cóctel que se sirve sin batir, con ingredientes tan mágicos que a cada paso modifican la acritud del sorbo. Aquí en Rishikesh, capital
mundial del yoga, conviven viajeros internacionales con turistas indios, peregrinos naranjas con curanderos y aceitosos
masajistas; trabajan duro los encastados mientras disfrutan
a riesgo de soborno los fumetas ciudadanos del mundo. En Rhishikesh veneramos a los verdaderos sadus detestando a los impostores que trafican con opio celestial. Frente a un furgón adaptado hacen fila los lacitos escolares que se cruzan con parias de la miseria, y los santones untan de pigmento su sexto chakra con el mismo rigor que un dios decide los destinos.
Siguiendo un sendero por la selva, lejos ya de la multitud,
adiestro la distancia hasta alcanzar un salto de agua que desemboca en el río sagrado, generoso en conceder un baño en las alturas antes de alimentar las religiones. Un balneario abierto y gratuito tal como demuestran los mejores placeres, de ahí que no busque amasar cantidades ni luche por un hueco en el rezo. ¡Acaso mana el agua de las rocas a voluntad?
A espaldas de una acostumbrada escalada y camuflado entre
la maleza, decido que hoy es buen día para hacer turistas. Llamo la atención de unos bárbaros del norte improvisando melodías con una flauta, bajo el salto de agua, y me presento
a ellos medio desnudo con un encanto adaptado a cada nacionalidad. Con los europeos necesito tirar de referencias culturales para que confíen haciendo alarde de sofisticadas estrategias de disimulo cercanas a la novela negra. Imagino que no debe ser fácil ponerse en manos de un extraño que dice ser español y poner a Monet al mismo nivel que a Buda, ofreciendo los rincones del valle sin pedir algo a cambio. Otros más livianos demuestran su buen viajar con la particular
sabiduría de conciliar incienso entre aparatos ultramodernos,
pero la mayoría elige un turismo pobre interesado en la alquimia del humo. Así podría seguir, enrabietado como un chiquillo, sólo por defenderme de las culturas cada vez más planas tras el tenderete global.
Mientras suben los turistas por el salto de agua sigo absorbiendo
la inmensa magia del valle, su sinceridad descarada, tan necesaria para ver acabados los murales del ashram que dan vida al teatrillo de dioses representados.
Conecto con tres israelitas de viaje fin de milicia dispuestos
a dejarse llevar por los bazares de venta exclusiva y otros rincones curiosos que muchos lugareños desconocen. El dinero viene con gente de buena voluntad que termina por comprar mis dibujos después de varias jornadas como cicerone.
Esto sin duda lo considero un impuesto por hacer de la compañía un arte y, no sólo por lucir rincones transparentes en las guías de viajeros, también por calmar sus ansias de visitar el norte de India en diez jornadas. Sólo les recuerdo que no olviden saludar a las águilas y así, respaldados con este buen sentir, marchan convencidos de nuevas maneras, además de inyectarme el antídoto para tanto hinduismo.
De corrido, visito algunas casas de amigos por la ciudad con los tres israelitas y regreso al ashram dejando a éstos en manos de un divertido artesano de la seda. Por cada posible comprador que pongo en sus manos recibo rupias suficientes para las pequeñas deudas acumuladas. Hasta el momento tres lhasis y una torta de pan con queso a un vendedor desaparecido.
Por contraste se pagan excursiones a precios desorbitados, sabiendo de antemano que por ese precio se resiste un año sosteniendo la rupia con orgullo.
–El dinero está en la calle y debemos afinar el olfato antes
de que otro paria se adelante–, dijo muy serio Muktab nada más conocernos en Agra, cuando trataba de enseñarme a sobrevivir. El afgano fuma desde mucho antes de usar razones,
siendo precisamente esas buenas artes con las mezclas,
además de su ágil intuición sobre el color, lo que me
convenció para tenerlo como segundo de abordo en el taller. Con sólo diecisiete años, Muktab ha demostrado huir de una guerra arrastrando los idiomas del camino y luego negociar en asuntos oscuros para hacerse un hueco en la sociedad india,
harta de recoger sin condiciones a los malparados de algún país vecino.
Una parte de Rhisikesh logra escapar del caos urbano gracias a dos puentes colgantes que atraviesan el río hacia los centros religiosos, rebosantes de peregrinos naranjas y mochileros sedientos de yoga. Sobre los puentes avanzan cabezas al vaivén de vacas sonámbulas que se ríen por dentro del fanatismo humano sólo con lamer sus turbantes.
–Lo de la tristeza de estos rumiantes es una tapadera–, farfulla un mono que hace guardia colgado del tensor e impotente
para continuar su lógica con sólidos argumentos.
De regreso al ashram, con las calles a mediodía, ya puedes insultar al prójimo sin mirar fijamente a los ojos y olfatear las melenas. Me da que la muchedumbre no piensa tanto pero se la ve resuelta en su trajín. Por allí llega Muktab, saltando vacas con plintos imaginarios en el sorteo de seres acompasados
desde el otro lado del puente. Entonces se tropieza merecidamente cayendo de bruces hasta plomar su barbilla en mis sandalias.
–¡Achaa...!–, el muchacho toma aliento mientras se sacude las calzas. –Escucha Baba Gabi, el Maestro dice que es urgente,
unos señores con cochazo negro esperan, gente importante,
ropa cara.
–Atiende Muktab, es tu tercer asalto a mitad del puente en este mes. Ya dije a esos señores que deben esperar a que acabe los paños laterales antes de decidirme con los suyos.
–¡No Baba, no¡, son otros hombres con mejor coche, uno
con alas de plata en el capó.
Juiciosamente, observo cómo Muktab atiende a su derecha con cara de niño bueno. Si no le conociera pensaría que este bribón ignora la palabra interés.
–Calma Muktab, ayer tumbaste a ese mejicano con tus mezclas, el ayurveda dijo, con razón, que era la última vez en sacarnos de un apuro.
–Pero Baba Gabi, tú mismo mandar hacer mezclas y decir ser las mejores. Nadie prepara chillum como Muktab, eso mismo decir tú a todos los demás. Si ellos fumar lo que sadhus entonces morir por “dobledosis”.
–Sobredosis, se dice sobredosis y nadie muere por fumar en chillum, son cosas que matan lentamente y una vez muerto,
nadie asegura la causa.
Siempre que Muktab quiere salirse con la suya habla torpemente
un inglés morse intentando dar lástima, conteniendo dentro toda la razón del río. De vuelta, inesperadamente, le da por hablar un hindi fluido como un muchacho capaz de aparentar un refinado brahman que regresa de sus estudios en Londres o, sin previo aviso, vuelve al pingajo soez que trapichea en las calles y provoca motines contra una barbería porque se mofan de su aire afgano. Si Buda le hubiese conocido
tendría en carne y hueso su máxima de estar siempre atento. De este corte surge de él plena disposición ante cualquier
incidente, todo sea dicho, más por necesidad sanguínea de provocar conflictos que por poética de observador. Con sus ojos gris miel, protegidos por unas espesas cejas de gaviota,
acechan como un arma en permanente disparo. No faltan mujeres que por este porte le auguran buena disposición en las artes amatorias; es joven todavía ese descastado, comentan
con saña las ancianas del ashram por miedo a que alguna de sus nietas se encapriche de él y lo quiera como esposo. Sin
ir más lejos, una tarde en pleno monzón de julio, chisme de dominio público, Muktab pasó a mayores con una adolescente
ya prometida a un funcionario de trenes. De tanto cántaro
y con generosa fuente, los impuros fueron sorprendidos en plena pasión por toda una caravana funeraria a orillas del Ganges. El escándalo fue tan sonado que tuve que salir en su defensa alegando la inconsciencia de un corazón a rebosar de hormonas, pero de alma generosa. Desde entonces Muktab se desvive por mis intereses más que por los suyos propios, incluso le oyeron el juramento de cuidarme hasta que su corazón
se detenga.
Al atravesar Laksman Jhula, uno de los centros turísticos y religiosos de la ciudad, regreso de la mano con Muktab derecho al ashram donde la plaza de jubilados, ahora con jugadores sin disputa y con verbo, hierve cargada de exasperante
bullicio. En el portón espera el Maestro con los brazos
cruzados y una sonrisa de recompensa.
–Buenos días Gabi, los señores ya se han marchado, no podían esperar porque son gente muy ocupada pero dejaron un recado.
–¿Habló usted por mí?–, digo buscando una explicación más concreta.
–Venían de paso desde Dheli con el encargo de una villa heredada por un joven de un pariente lejano. Sólo les dije que tendrán que esperar hasta vencer tu compromiso con esta comunidad.
Parece que tus pinturas están subiendo peldaños, pronto te vemos en la planta más cercana al cielo.
En su voz siento un ligero temor por las habladurías de mi marcha a otro lugar. Desde que el Maestro se enteró de que el pintor español quería probar suerte en otra tierra sus labios
tiritan esbozando una súplica. Por mentira que parezca,
nunca me negué del todo a sus enseñanzas sobre la conciencia
y la meditación, pero mi parecer es de dominio público: los rezos y los dioses cosa de santones.
Sin haber conocido a los admiradores del cochazo negro me encuentro con unos andamios de bambú que los ayudantes
han preparado a lo largo de la mañana. Muktab se encarga de limpiar la utillería de albañil y prepara la base del fresco sobre el muro, pues sin él no gozaría de la comodidad del pincel directo sin preparativos. Lo primero es negociar con los colores comprobando si disponen de crédito en la cuenta del Banco Creador. Desde la paleta que presume de televisión hasta las herramientas más rudas se ponen de acuerdo
entre ellas, amotinadas cuando las cuido sin el cariño suficiente. Cosas de amantes.
Subido al andamio sin dejar de atender unas figuras, hago mi balance general de los cuatro años vividos en la India; el primero de mochilero con veinte mil kilómetros sobre raíles y los tres últimos aquí, en Rhishikesh, como un robinsoncrusoe desterrado a una isla superpoblada.
Fue al poco de llegar a esta ciudad, cansado del año mochilero,
cuando mostré mis dibujos al Maestro esperando una ocupación en el ashram. Aprecié su sinceridad al juzgarlos desalmados y faltos de compromiso, lo que demostró a mi entender poca flexibilidad para eliminar de la ironía su parte cómica. Desde un criterio algo bloqueado por la espiritualidad
los dibujos no lograban la delicadeza de una miniatura ni el color del gusto popular. Simplemente me pareció hermoso
descubrir un alma sin amaestrar por el marketing y el sensacionalismo, donde la teoría sangró con el majestuoso hallazgo de lo inetiquetable: la vida misma.
Ante aquel primer fracaso con el Maestro fue de recibo
adaptarse al contento local y demostrar entre otras cosas que el gusto se condiciona. Entonces compré unos botes y un puñado
de brochas con objeto de iluminar un muro del ashram por cuenta propia. Pinté un Ganesh con la trompa enroscada leyendo el Financial Times aunque poco antes de llegar al detalle se sumaron vagabundos del pincel, participando con derroche de un sano comunismo. Tanto bullicio llamó la atención del Maestro que por un lateral me rescató del gentío impidiendo que el avance de la multitud termine en asfixia.
–Esa pared sólo servía de reposo a viejas bicicletas y aún sin lograr mucho, pusiste color donde sólo gobernaban las sombras–. El Maestro volvió con palabras hermosas. –Piensa,
muchacho, que un guerrero lucha para conquistar la paz, mientras un soldado es una simple pieza en el engranaje de la guerra.
–¿Me está diciendo que soy guerrero o soldado?–. Pregunté sin vacilar esperando un desagradable rapapolvo.
–Guerrero frente al muro y soldado cuando te alejas de su influencia.
Aquel razonable santo destacaba sobre una vestimenta suelta y colorida que concedía a la cadencia de sus gestos una música particular. Algo limpio en él sacudía deseos de mejorar,
sólo animando la energía con tareas nobles. Escuché las palabras del Maestro en aquel luminoso día de hace tres años bajo la mirada de las costureras, contuve el presagio de una nueva vida.
–Esta es tu alcoba. Además, ofrecemos sustento y nuestro
calor a cambio de tu oficio. Todo apunta a que vivirás con nosotros algún tiempo–. Voceó el Maestro para evitar dar más explicaciones a los curiosos. –Hay muchas paredes estropeadas que requieren el compromiso de alguien con ímpetu.
La comunidad sólo vive de la artesanía y los turistas, lo
justo para amar a Shiva dignamente.
Unas espontáneas lágrimas nacieron de mis ojos, desde el primer brillito que se infla y resbala por la mejilla hasta la sal de los labios o el precipicio del pómulo. Entonces escondí el pasado en un baúl decidido a descansar de los interminables tumbos por el país, liberándome sin la menor nostalgia de la condición de viajero.
El acuerdo con el Maestro, válido hasta el día de hoy, consistió
en vivir en el ashram como invitado sin la obligación de acudir a las religiones ni participar en labores domésticas. Al “he decido no regresar” le siguió un inesperado ataque de pánico. Era el miedo a la libertad como reacción del cuerpo ante una mutación del alma; ése es el único dolor que después de superado, abre las puertas de una bonita locura. Tampoco importó perder altura en la pirámide porque en un instante mi casta bajó de nivel y, ligero como un preso absuelto, corrí a mis anchas por la amplitud de la base. Tan completo que me salvé para siempre de la familia y los árboles navideños, de hipotecas ascendentes, de horarios estrechos y tarjetas de crédito; huí de la cultura de masas, de la globalización con intereses y de la espiritualidad en lata. Intuyo que algún día esta actitud estará de moda como en aquel maravilloso intento
hippie, o bien crecerá la otra modalidad de hobbies y falsas libertades, entregadas a la adrenalina en los deportes de riesgo... descendencia por animales de compañía.
Sí, ¡fuera el compromiso!
Yo me apunto al amor por lo sencillo, valgan las grandilocuncias,
sin oponer resistencia a los santones cuando ensalzan
el ser. La absurda creencia de que hay algo más que el pensamiento ha traído mucha desgracia. No pido perdón al decir que Buda era un obseso del sufrimiento y Cristo un buen relaciones públicas con idiomas, el zen una lobotomía y
Krishnamurti una sutil operación de marketing.
La mente un mito y el ego, una condición del cuerpo.
Cuidado, esta vez nos está oyendo ese mirlo espía o aquel mono canoso del puente. Ya sabes, hasta el viento tiene oídos para las más íntimas conclusiones. |